Élisabeth Roudinesco: “Freud nos hizo héroes de nuestras vidas”


El País (España), Álex Vicente, 5.09.2015

Para escribir este monumental volumen con aires de biografía definitiva, Élisabeth Roudinesco (París, 1944) no quiso creerse “ni la leyenda negra, ni la dorada”. Freud, en su tiempo y en el nuestro (Debate. Traducción de Horacio Pons) parte de la voluntad de invalidar las condenas más injustas, que suelen pintar al padre de la subjetividad moderna como un simple charlatán, pero también de las biografías de tono hagiográfico consagradas a este personaje eternamente polémico. Discípula de Deleuze, Foucault y Todorov, antigua integrante de la Escuela Freudiana que fundó Lacan y gran especialista de la historia del psicoanálisis, Roudinesco narra la vida de Freud como si fuera una palpitante novela ambientada en la Viena de la belle époque, avanzando hacia su exilio (y muerte) londinense en los albores de la II Guerra Mundial. En el centro de ese paisaje, la autora sitúa a un hombre que cometió errores y se enfrentó a mil contradicciones, pero logró crear una doctrina “a medio camino entre el saber racional y el pensamiento salvaje, entre la medicina del alma y la técnica de la confesión”, con la que logró convertir a los mortales en héroes de tragedia griega.

PREGUNTA. Su biografía aspira a dibujar un retrato justo y ecuánime de Freud. ¿Lo escribió en reacción a las invectivas contra el personaje de los últimos años?

RESPUESTA. El libro surge de la necesidad de recapacitar sobre el personaje. La última biografía seria sobre Freud, que firmó Peter Gay, se publicó hace 25 años. Desde entonces, casi todo lo que se había publicado eran condenas encendidas hasta extremos inverosímiles, firmadas por personajes que, en realidad, no conocían su historia. Como sucede a menudo con los personajes controvertidos, Freud se había acabado convirtiendo en una caricatura de sí mismo, envuelto en numerosos rumores y mentiras. Me pareció que había llegado la hora de volver a un equilibrio.

P. En el libro escribe, por ejemplo, que no fue “un burgués libidinoso, adepto de los burdeles y la masturbación”, como se ha dicho tantas veces. ¿De dónde surgen esos malentendidos?

R. Tratándose del fundador de una doctrina sobre la sexualidad, me pareció imprescindible saber cómo había sido su vida sexual. Me di cuenta de que existían libros enteros sobre decenas de leyendas de las que no hay ninguna prueba. Quise dejar claro que nada demuestra que fuera un hombre incestuoso, ni de tendencia fascista, ni un usurero que cobraba el equivalente de 450 euros por sesión, y que ni dejó embarazada a su cuñada ni abandonó a sus hermanas a los nazis. Tampoco fue un hombre misógino, aunque a veces sí paternalista.

P. Otro de los mitos que destruye es el del genio incomprendido. Sostiene que, en realidad, logró fascinar a sus contemporáneos, “a toda una generación obsesionada por la introspección”.

R. Su primer biógrafo oficial, Ernest Jones, quiso presentarlo como un genio solitario enfrentado a las masas, pero es una imagen errónea. Es cierto que sus libros fueron objeto de un vivo debate, pero no hay que confundir la polémica con la incomprensión. Por ejemplo, cuando Elias Canetti visitó Viena en 1920, dice que descubrió a una ciudad entera persiguiendo a su Edipo. A Freud no le gustaba la polémica, porque era un hombre bastante autoritario y no soportaba el conflicto, aunque a veces lo provocara él mismo. Pero es falso que fuera un solitario. A menudo trabajó en equipo.

P. Su libro inscribe a Freud en la ebullición intelectual de la Viena finisecular. ¿El descubrimiento del subconsciente fue, en realidad, una aventura colectiva?

R. Por supuesto. Freud fue un personaje muy vienés, inscrito en una época plenamente europea, en la que el continente se interrogaba sobre sus mitos fundacionales para renovar su identidad, una dinámica muy acorde con la de Freud. Contemporáneo a la emergencia del sionismo y del primer feminismo, su aportación forma parte de un gran movimiento de emancipación. Empezó queriendo curar la neurosis, pero acabó provocando una liberación aún mayor. Pero también es cierto, como dijo Stefan Zweig, que la burguesía de la belle époque estaba tan concentrada en la introspección que no supo ver venir la I Guerra Mundial, ni la irrupción del nacionalismo, ni la miseria del pueblo que les rodeaba.

P. Fue también un hombre lleno de paradojas: padre de una revolución que condujo a la modernidad, pero políticamente conservador; de fuerte cultura judía, pero ateo; y libertador de las pulsiones sexuales, pero partidario de la abstinencia desde los 40 años. ¿Fue Freud incoherente?

R. Todo tiene una explicación. La abstinencia, a partir de la que formuló la teoría de la sublimación, se explica por su deseo y el de su esposa, Martha Bernays, de no tener más hijos. Podría haber usado contraceptivos, pero no tenía suficiente ímpetu sexual y no sabía ni utilizarlos. Freud no fue un hombre nada seductor. No fue un puritano, ya que abogó por liberar las pulsiones sexuales. Pero tampoco un libertario: creía que uno debía controlarlas. En lo político, yo lo definiría como un conservador ilustrado, igual que Zweig. Fue un hombre atrapado en el torbellino de la revolución comunista, en la que nunca creyó, y la emergencia del fascismo. Ante esa situación, apostó por conservar las instituciones existentes, creyendo que la vieja Austria todavía podía salvarse.

P. Freud concibió el psicoanálisis como una doctrina apolítica, que debía mantenerse al margen de toda militancia. ¿Qué piensa usted, que suele intervenir a menudo en el debate público desde posiciones izquierdistas?

R. En efecto, Freud fue contrario al compromiso político y apostó por una especie de neutralidad. Para él, el psico­análisis ya era compromiso suficiente. Yo estoy en total desacuerdo con esa parte. Si el psicoanálisis parte del estudio de los vínculos familiares, ¿cómo puede quedar el psicoanalista al margen del debate del matrimonio homosexual o la gestación subrogada, por poner dos ejemplos? Yo soy favorable a ambas cosas desde hace tiempo, pero muchos de mis compañeros se expresan en sentido opuesto al mío. No sé si sabe que un 70% de los psicoanalistas franceses estuvieron en contra del matrimonio homosexual…

P. ¿Cómo explica el conservadurismo de su colectivo?

R. Creo que a base de limitar el papel del psicoanalista al de un mero observador, Freud terminó originando un colectivo reaccionario. No podemos detenernos en modelos barridos por la corriente de la historia, ni proyectar en el presente modelos de un pasado remoto. Cuando un psicoanalista me dice que la familia homoparental es contraria al complejo de Edipo, yo le respondo: “¡Pues cambiemos el complejo de Edipo!”.

P. Define el psicoanálisis como “una epopeya sobre los orígenes, una canción de gesta, con sus fábulas, mitos e imágenes”. Es decir, que la invención de la subjetividad moderna pasó por convertir al sujeto en algo parecido a un héroe.

R. Exacto. Esa fue la gran labor de Freud: nos convirtió en héroes de nuestras vidas. Piense que a un enfermo de hace un siglo le daban pociones, le metían en un sanatorio y le trataban como a un loco. En cambio, Freud les decía: “Es usted Edipo”. Los psicoanalistas ya no dicen eso, pero sí algo parecido: “Ocúpese de sí mismo. No deje que le traten como a un sujeto que consume medicamentos pasivamente”. Esa teoría del sujeto no existe en el conductismo [la otra principal escuela de psicología, opuesta al psicoanálisis, que estudia el comportamiento y la conducta objetiva y no cree en la existencia de un subconsciente], que es una técnica bastante estúpida, aunque a veces funcione. En mi opinión, cada cual debe ocuparse de su historia personal. Quienes no son capaces de verbalizarla, ni siquiera un mínimo, están condenados a la necedad.

P. Pese a sus efectos en la percepción de la interioridad, muchos autores, como el filósofo Michel Onfray o el historiador ­Mikkel Borch-Jacobsen, siguen definiendo el psicoanálisis como una estafa. ¿Por qué es tan difícil de aceptar?

R. Es una teoría muy contundente que no resulta fácil de digerir. En la primera mitad del siglo pasado se la condenaba en nombre de la moral. Hoy se la condena apelando a lo que algunos llaman ciencia. Hoy día, la psiquiatría está desapareciendo y los neurólogos se convierten en simples distribuidores de medicamentos. El motivo es que tratar a un paciente con un medicamento estandarizado resulta menos costoso que brindarle una terapia personalizada y evolutiva. En ese contexto, es normal que el psicoanálisis y su manera de entender las enfermedades del alma molesten. El problema es que la gente empieza a estar harta de tomar medicamentos. Si suprimimos una doctrina racional como el psicoanálisis como posible solución, la gente harta de los medicamentos se terminará orientando hacia los hechiceros de las medicinas paralelas…

P. ¿Tiene que cambiar el psicoanálisis para sobrevivir?

R. Sí. Debe aspirar a ocupar el lugar que han conquistado los conductistas. Para eso tendrá que transformarse. La gente ya no quiere tumbarse en el diván tres veces a la semana durante los próximos 20 años. El psicoanálisis debe evolucionar al ritmo que lo hace el mundo. Se deberá apostar por terapias más cortas, en las que se reciba al paciente cara a cara y no tumbado en el diván. Deberán aceptar también tratar a cualquier persona, igual que lo haría un médico en el hospital. Las generaciones jóvenes ya están practicando un cambio. Su problema es que solo hacen estudios de psicología y no de ciencias humanas, lo que provoca que los psicoanalistas jóvenes estén peor formados y sean menos cultos. Y para ser psicoanalista no solo se debe ser inteligente, sino también cultivado.